Soledades

Amor difuso

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Cristina me había dicho un «te amo» en el cine, cuando Hugh Jackman cantaba como un miserable. Días antes de ese acontecimiento, los dos habíamos acordado que ambos éramos el uno para el otro, que nos casaríamos, que iríamos juntos al continente africano, y que, en una carpa llena de humos y aromas exóticos, seríamos felices y haríamos el amor.

Cristina era la niña de mis sueños. Era tan rebelde como sensual. Ella mismo se cortaba el cabello; vestía con unos shorts tan cortos como sensuales, que a veces no dejaban nada a la imaginación. Los chicos de su calle, como Adrián, Carlos y Eduardo la solían tomar por puta. Y le decían, mientras ella caminaba por Los Girasoles: «¿Cuánto cobras?». Y Cristina, acostumbrada, sólo atinaba a sonreír, sintiéndose culpable, deseada y triste.

A veces acompañaba a Cristina a su hogar. Nos sentábamos en su jardín, fumábamos cigarrillos y nos besábamos. Mejor dicho, yo solía besar a Cristina, de manera en la cual no la dejaba hablar o decir si quiera como sentía. Cuando Cristina empezaba a parlar y hablar sobre nosotros, yo rehuía, la mordía, prorrumpía con un beso: la hacía mía. Empezaba a delinear su boca con los movimientos de la mía. Sabía en ese momento que Cristina existía.

Creo que, si ambos lo hubiésemos querido, en esos años pudimos haber construido un reino de fantasía. Tanto a Cristina como a mí nos gustaba construir fuertes con las sábanas, inventábamos historias con las almohadas y creíamos que las paredes hablaban. Cristina le tenía miedo a las lámparas; decía que si ellas quisieran se rebelarían e incendiarían a todos los hombres. Yo, en cambio, andaba siempre asustado de las cortinas; por alguna extraña razón mi cuello siempre se enredaba entre ellas y me dejaban sin gana alguna de respirar.

¿Amaba a Cristina? En realidad, me había vuelto adicto a la sensación de estar con ella, de sentir su soledad resbalando por la mía, y de pronto un beso, una caricia, un «Esteban, no te alejes, no me dejes sola con las lámparas, porque las lámparas son malas y yo soy buena, o al menos quiero ser buena, o al menos quiero dejar de andar con los otros niños, porque quiero que tú y yo seamos algo, Esteban, pero no somos nada porque no hay necesidad de serlo, porque lo único que define al amor es cuando me monto encima de ti y siento eso que está por encima de ti y en lugar de hablar grito, y en lugar de vivir disfruto».

Había días en los que Cristina y yo quisimos quedarnos unidos como si fuésemos un arácnido, no importando si el cuerpo de Cristina parecía siempre a punto de quebrarse. Sin embargo, lo intentábamos una, dos, hasta tres veces el mismo día. Y nos quedábamos en la cama, riendo, soñando, siendo. Alimentábamos nuestras fantasías más ambiciosas con los cuentos que ambos nos contábamos para tratar de dormir.

Esteban, quédate quieto, ya no juegues con mi cabello. Sé que te gusta porque tú siempre quisiste ser mujer y no hombre, porque cuando tu mamá te vestía de niña, cuando tenías siete años, eras realmente Esteban, la Estefanía, la niña que hacía que tu mamá se sintiese orgullosa, porque cuando tu naciste no naciste negra como tus hermanas, sino blanca, hecha para dominar, para encantar a las mujeres, con un labio tan rojo que retaba a las flores y unos ojos que parecían una taza de miel…

Fui feliz con Cristina en ese tiempo.

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«Porque nunca se gana una batalla dijo. Ni siquiera se libran. El campo de batalla solamente revela al hombre su propia estupidez y desesperación, y la victoria es una ilusión de filósofos e imbéciles». -El sonido y la furia

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