Cuentos

El ruido nocturno

A una amiga que estimo mucho,
porque ante las adversidades
necesitamos la fuerza y la palabra.
Ella sabe quien es.

A través de los montes, en el lugar donde el cerro Queretope y el cerro Amalto se juntaban bajo la luz de la luna amarilla, se escuchaban los golpes de los lobos. Venían como una sombra al asecho. Eran grises en un momento, y al siguiente eran negros.

Los golpes de los lobos dolían como el dolor del tiempo. Se arrastraban por la piel. Iban desde los oídos hasta los pies, y luego los dejaban mudos, estremecidos, y bastante tristes a todos los animales del campo.

Las palomas habían tenido suerte. Ellas se habían retirado antes del cuarto menguante. Los zorros, astutos, se habían trepado a los árboles y ahí nadie los alcanzaba. A los colibríes les era indiferente, pues ellos sólo sabían que lloraban el eterno volar. Y de un modo similar, las ardillas el llanto también protagonizaban, pues, por dentro, sólo estaban preocupadas de carecer de un lugar donde amar. Mas las liebres, diferentes de todos los animales del campo, estaban tristes, llorando, pues se les acercaba el final.

—Nada hemos hecho, nada hemos hecho — susurraba para sí la liebre mamá, la más vieja de todas. Aquella que había llegado con la primera primavera y había soportado los más duros inviernos. — Y ahora lamentaremos todo.

— No hable así madre — decía algo angustiada Elizabeth, la más ejemplar de las hijas —, porque es claro que saldremos de esta… saldremos de esta. Ya verá, madre, nos podremos acostar las dos en la camita con todas nuestras hijas y nadie nos dirá nada, porque no habrá nada que decir. Porque en esta madriguera nuestra sólo se vive entre nosotras, las liebres y nadie más, y nadie más.

— Tal vez tenga razón, hija. ¿Pero mientras tanto?

— Mientras tanto observemos a Mariela. Mire que ya va a iniciar su baile de todas las noches.

Y pronto se fueron del espacio gris de la madriguera donde la madre lloraba hasta un lugar donde la tierra parecía confundirse con marfil y los sueños se decoraban de amarillo.

Dentro de una especie de madera tallada, bailaba una liebre al compás de un jazz naranja. Desataba plumas lilas que decoraban la gran sala donde por lo menos cuarenta liebres se encontraban. Y pronto empezaba un discurso:

— Hermanos, hermanas… Son tiempos difíciles, pero tengan en cuenta que a veces es mejor reír que llorar. Y si mañana morimos, la muerte no es sino un camino, donde ya no se siente ningún dolor. Pues, hermanos, hermanas… la muerte es el lugar (o el estado) o el ser en ese espacio… donde ya no duelen todos los días pasados, ni los golpes en el torso, ni los saltos altos, ni los inviernos duros. Ni siquiera la muerte duele en la muerte, pues ya no hay un lugar a donde ir.

— ¿Entonces nos aconsejas morir, Mariela? — gritó una de las tantas liebres ebrias.

— Les aconsejo la vida, hermanos queridos… Les aconsejo la vida, pero la vida existe porque la muerte existe también. No lloremos en vano. Disfrutemos. Esta última noche, aunque no creo sea la última, si vienen los lobos, debemos haber vivido para que nuestra vida pueda ser vida y cuente.

Entonces todas las liebres empezaron a bailar, dando rienda suelta a todo lo que deseaban. Algunas saltaban tanto que llegaban a alcanzar los tres metros. Otras, más pequeñas, simplemente se hacían bolita. Muchas de ellas se quedaron en un rincón, escuchando a las demás hablar de la vida.

— La vida es como un árbol en invierno donde nosotros tomamos el camino. La vida es árbol más hermoso, es nuestra vida, nuestras decisiones, nuestros hechos. Si nos ponemos a pensar de más, no se alejan mucho los árboles invernales a la vida en su punto mayor… — dijo Fernando, la liebre más triste de todas.

— ¿Por qué, Fernando? — inquirieron otras.

— Porque si llegas a pensarlo, cuando estás en ciertos puntos de tu vida, vez todo lo que pudo haber sido tu vida de haber tomado otras decisiones. Ves esa rama que se parece mucho a la tuya, pero que está un poco más al sur… Esa pudo haber sido tu vida con una u otra liebre… Pues es lo primero que se nos viene a la mente: el amor

— ¡El amor! — gritaron al unísono todas las liebres presentes.

— ¡El amor! — también gritó Fernando — aquello que nos consume y nos hace seguir. El amor de padre, el amor de madre… y el amor en sí. Ese amor que parece una serpiente que inicia a tener hambre de su cola. Es tan preciado el amor que una bestia tan rara como lo es el hombre puede sentirlo.

Entonces todas callaron.

— Claro que puede sentirlo. No duden ningún minuto. Aunque aquel que mata por consciencia y no por necesidad parezca una bestia, por dentro también late un corazón. No es como el nuestro que es acelerado y todo lo da, y lo da todo en su propio mérito… pero lo tiene.

— ¡Entonces amemos!

Y todas las liebres se abrazaron tan fuerte que algunas se unieron en ese momento y formaron una sola alma. Se habían encontrado ellas mismas como nunca nadie lo había hecho. Pareja con pareja iban todos siendo una sola liebre. Y de pronto se escuchó otro aullido, un aullido potente, totalizador, azul. Tan fuerte que incluso ocasionó el llanto de unas cuantas pequeñas liebres.

— El llanto, lo más preciado de nosotros. — dijo Eugenio, la liebre macho más vieja — ¿Qué seria de nuestra vida sin el llanto? Simplemente sería una suerte de situación inmóvil. Dijo Mariela que disfrutemos de la vida. Pero olvidó Mariela que disfrutar de la vida es aceptar el dolor y no rehuirle. Olvidó que la vida es vida por el dolor. Y olvidó que el dolor luego nos hace más fuerte. Lloren, mis liebres… lloren.

Y todas las liebres lloraron por unos segundos para luego sentirse aliviadas, reconfortadas, entre los abrazos de los amigos y los besos de los familiares.

— Ay, liebres… — continuó la liebre mamá — hemos pasado una hermosa vida. — La más hermosa de todas — finiquitaron todas las liebres.

Inmediatamente después se escucharon los primeros movimientos de nariz en la tierra, las primeras garras en la entrada de la madriguera, los aullidos. También sonaron diversos ecos. Un «Apúrate, apúrate, hemos pasado un mes sin comida» se hacía presente en las paredes de la madriguera. Mas nada de ello importaba, porque las liebres estaban más felices que nunca.

Licencia de Creative Commons
“El ruido nocturno” está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

«Porque nunca se gana una batalla dijo. Ni siquiera se libran. El campo de batalla solamente revela al hombre su propia estupidez y desesperación, y la victoria es una ilusión de filósofos e imbéciles». -El sonido y la furia

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