Soledades

Un fumador

El primer cigarro vino por un accidente. André me lo había dado porque me había visto solo, con la mirada algo desgastada y mi buzo de colegio algo roto también, a los catorce años. Anda, Cholo, nada pasará, fueron sus palabras. Y se quedaron como un recuerdo de todo lo que vendría después.

El segundo cigarro vino de la mano de Rosa, una tarde luego de hacerle el amor, en esa juventud libidinosa en la cual ella era una especie de religión. Ella me había dicho que no importaba que tanto lo intente, si no fumaba no sería un escritor de verdad, y yo, por mis ansias de algún día ser comparado con Joyce o Balzac, di una pitada. Una pitada suave como una caricia en el sexo, profunda como la introducción del saxo en una pieza de jazz.

El segundo cigarro fue como el amor con Rosa, ahora que lo pienso bien. Dado en lo furtivo, sin palabras, en un buzo de colegio y con el sesgo de una enfermedad que pronto nos iba a matar. Fue un cigarro oculto en el parque de San Lorenzo, ese parque sucio que quedaba a sólo dos bloques del patio de recreo, por donde vivía Augusto, el hombre de veintiocho años que siempre llevaba a las niñas de secundaria a su azul portal.

Y así como mi segundo cigarro se acabo la relación con Rosa, mi primera juventud y la libertad del buen Augusto, un día que se llevó a Mariana a su casa, ya que él no contaba con que Mariana era hija de un policía, ni mucho menos con que cada vez que ella hacía el amor sus piernas sangraban. Y ese día que fornicaron a las cuatro de la tarde, ya cuando todos los niños reposan en las faldas de sus madres, ella salió corriendo por la puerta azul de la casa de Augusto en dirección a la casa de su padre, dejando un rastro rojo, lleno de amor, dulzura y un poco de pecado por la vereda.

El resto de cigarros los dejé de contar. Poco importaron, como poco importó mi vida también después de acabar el colegio y entrar a estudiar Derecho a la universidad- una profesión que nunca pude ejercer-. Recuerdo que los Pall Mall eran los más baratos. Dos soles costaban. Dos soles, ahora lo medito bien. Baratos para unos, la vida de otros. Esos dos soles hechos tabaco y un papel de una dudosa calidad eran los panes de una madre en Manchay o mi propia madre para ser sinceros. Esos Pall Mall podían transformarse en el boleto de un día a ciertos museos de Lima o una grata botella de agua destilada. Pero no. Ese pan era un humo profundo recorriendo la nariz, un vaho inexplicable de tristeza y un ‘no parar’ lleno de angustia.

Los Lucky siempre los consideré para mujeres, pues no producían en mí ningún efecto. Cigarros sociales, de mucha conversación y poca sustancia. Como hubiese dicho el bueno de Alberto, los Lucky significaban una prostituta que dice que te ama, o un beso luego del engaño.

Los Marlboro: mis preferidos. Aunque nunca pude pronunciarlos bien. En otras palabras, nunca supe si la ‘r’ era muda o concreta. No obstante, no importaba. Los fumaba. En sus cajetillas de a veinte los coleccionaba en mi alcoba, como quien va construyendo de a pocos un castillo de plástico donde albergar sus sueños, porque en esos años dónde los Marlboro me acompañaban noche tras noche en cada lectura de libro, o cada escritura de poema, o cada invitación de amantes, yo los fumaba por la inmensa soledad de no verme al lado de alguien que sostuviera mi mano a la hora de un llanto o a la hora del sueño.

En ese tiempo yo fumaba esos Marlboro como quien va jugando con su sexo antes de la masturbación. Pum, una pitada. Tu mano se va por el papel, se desliza hasta la base. Llega otra. Y así podría continuar, pero las mujeres se asustan y lo hombres se espantan, pues saben qué hay algo de verdad. Así como en la masturbación, los cigarros dejan algo de desgaste en nuestro cuerpo, pero sin la suciedad de marcharnos las manos, o, como dirían los cristianos, el sexo.

Fumaba en mi habitación. Cuando escuchaba a Larry Willis iniciaba con el encendedor ese pequeño ritual. Una caricia dura en el lomo y el encendedor gritaba libertad. Y para Bobby Timmons ya estaba en la tercera cajetilla. Los platillos, las melodías, esa tristeza azulada. El cigarro era el instrumento número cinco de una buena pieza de jazz. Era una mirada perdida, un terciopelo marcado por el sudor. Simplemente, una pasión más.

Me trajo ciertas ventajas el de ser un fumador reconocido. En las reuniones que se daban en las casas de mis amigos -de los pocos a los cuales podía llamar amigos. Unos cuatro o unos cinco, de los cuales ya ni recuerdo los nombres-, siempre encontraba otra fumadora como yo. Y sin decirnos nada, nos alejábamos de la sala de estar e íbamos al balcón. Si le gustaba el rock sus pitadas eran más salvajes. Voluptuosas, mejor dicho. Si era de escuchar electrónica, sus pitadas esperaban, como si tuvieran el ritmo de un latido. Y si era de las que le gustaba el blues, simplemente fumaba, en su ritmo, sin nada que la detuviera o apurara. Y vaya que me sirvió. Así conocí a Claudia, María, Solange, Estela, Elsa, Milagros, Andrea, Clara, Silvana, Rosa (una muy distinta a la de secundaria) y Paula. Y aunque sólo hice el amor con algunas, al menos fume con todas. Sin embargo, ¿no era fumar lo mismo que hacer el amor? Nos encontrábamos en un lugar, a veces en la penumbra y otras tantas con nuestros cuerpos bañados de luz, nos mirábamos apenas, y cada uno en su placer. Si yo acaba primero, la pareja se decepcionaba. Y si mi pareja acababa primero yo me reía.

Una vida adulta muy interesante, dijo el doctor unos meses atrás, cuando me detectó el primer cancer. Yo tenía miedo, no por la enfermedad en sí, sino por mis padres, que, pese a mi vicio, aún dependían de lo poco que ganaba escribiendo notas en una pequeña redacción que creía que hacía un cambio en la sociedad, cuando la realidad era muy distinta.

Ya viste, hijito, dijo mi madre, nada bueno te ha traído ese vicio que heredaste de tu abuelo Victor. Pero usted no entiende madre, no es un vicio, es simplemente una forma de vida, al menos la forma en la cual yo he decidido vivir. Pero dígale eso al doctor, pues. Ya ve que ni si quiera le alcanza el pulmón para caminar. Pero si me alcanza. Usted sabe que no…

Y vaya que tenía razón mi madre. No obstante, aún así seguía fumando.

E hice las cuentas. Ser precavido era lo que contaba. Si un día eran diez soles en cigarros- Porque a veces en lugar de desayunar o almorzar, fumaba-, sería muy grande la deuda. Por lo cual empecé a aplicar la dieta del buen fumador: Diez por dos días. Dos serían en la mañana, uno en la tarde y dos en la noche. Y al segundo día lo mismo.

Fue bueno el primer mes. Para el segundo estuve a punto de morir. Y para el momento en el cual escribo esta nota creo que sólo me van quedando unas cuantas horas para decir adiós a algunos, y un hasta luego a otros, porque yo sé qué hay un lugar especial para nosotros, los fumadores. Un lugar que nos deja mareados, frescos, algo moribundos, como recién salidos del amor, o recién iniciados en este.

Eduardo Linares

4 de abril de 1996

Licencia de Creative Commons
“Un fumador” está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

«Porque nunca se gana una batalla dijo. Ni siquiera se libran. El campo de batalla solamente revela al hombre su propia estupidez y desesperación, y la victoria es una ilusión de filósofos e imbéciles». -El sonido y la furia

0 comments on “Un fumador

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: